Luis Córdova-Alarcón
Comentario. Semáforo en Rojo No. 47. Noviembre 11, 2024.
No cabe duda, Ecuador se empantó en una “guerra santa” que allanó el camino para que nuevos millonarios (como Topic, Jordán, Muentes o Norero) y viejos oligarcas (como los Isaías, los Noboa, los Eljuri o los Egas) se conviertan en «señores de la guerra», mientras el Estado colapsa ante un haz de crisis interminable.
La confrontación entre correistas y anticorreistas degeneró en una «guerra santa» que vació de contenido el debate público y restó perspectiva a la lucha electoral. Hoy no se exponen programas, sino prontuarios; y los principales sucesos de la vida política ocurren en las cárceles y los juzgados.
La honda expansiva de esta violenta guerra ha sido tan determinante que gracias a este clivaje han llegado y se han mantenido en el poder Lenin Moreno, Guillermo Lasso y Daniel Noboa.
Hoy vemos como los fieles de ambos bandos proclaman la santidad de sus últimos profetas (Rafael Correa versus Daniel Noboa), mártires (Jorge Glas versus Fernando Villavicencio) y escribas (periodistas e intelectuales orgánicos de ambas iglesias), transformando a la lucha por el poder en una confrontación a muerte de los «buenos» contra los «malos».
La responsabilidad mayor de este vaciamiento político de la escena pública radica en sus profetas y escribas. Son ellos quienes han promovido los valores autoritarios que hoy habitan la psiquis social de los ecuatorianos: la seguridad para evitar la inestabilidad y el desorden, la reivindicación de una “forma de vida” idílica que hay que recuperar a toda costa (el Ecuador como “isla de paz”, por ejemplo), y la necesidad de la obediencia a líderes fuertes para proteger su iglesia.
Correa ha encontrado en Noboa su álter ego moral, pero su antítesis política e intelectual. De ahí la similitud de sus aberraciones y el contraste de ambas administraciones.
Si esta «guerra santa» continua es probable que Noboa se reelija aunque no cuente con el favor popular. Un Alto Mando militar y policial bien mimado desde Carondelet y Washington son indicadores de que la guerra debe continuar: en la agenda mediática con mentiras o medias verdades y en las calles de los barrios suburbanos con balas y masacres.
Los próximos tres meses la República del Ecuador se juega su destino mayor: un conjunto de condiciones institucionales hacen preveer lo peor. Con el ciclo electoral coincide, casi como en efecto dominó, la designación de tres de los nueve jueces de la Corte Constitucional, la designación de jueces de la Corte Nacional de Justicia, la designación de vocales del Consejo Nacional Electoral, la designación del nuevo Consejo de la Judicatura y el “concurso” –eufemismo grosero pero normalizado– del Fiscal General del Estado y de los Notarios para todo el país. Todo esto con los procesos judiciales de los casos «Metástasis» y «Purga» como telón de fondo.
Las estructuras oligárquicas y mafiosas que financian la guerra de relatos en las redes sociales digitales y la guerra de pandillas en las calles, están luchando por repartirse ese botín. No es una lucha contra el crimen organizado, es una lucha por el reparto y el saqueo de un país fracturado. ¿Hay salida? Creo que si. Pero todas las opciones pasan por superar la «guerra santa» que intoxica la política y repolitizar los agravios que aquejan a la sociedad.
